La Sopa de Pasta
Soy una sopa de
pasta y esta es la historia de mi vida. Nací como una hermosa sopa de moñitos,
pequeños
y regulares, de esos
que tanto les gustan a los niños. Lo más que logro recordar de antes de
mi cocimiento, es que viví en una alacena con otras compañeras
similares a mi; pero no del todo, la sopa de estrellitas, ¡tan
presumida! y la de letras, ¡tan intelectual! eran las más populares del
lugar.
Y yo, yacía ahí esperando mi turno. Algunas de mis compañeras se iban y
volvían con sólo la mitad de su cuerpo, otras, no volvían jamás; y yo
me preguntaba ¿qué se sentirá estar cocido?
Un día mi ama me preparó toda, no como a la sopa de letras, que cuando
usaron sólo la mitad de su cuerpo dijo que era porque - no querían
tener una intoxicación de conocimiento - ¡se cree tan lista!
Mi ama iba a tener ivitados esa tarde, y me preparó toda, en una
deliciosa sopa con caldo de pollo, es decir, pollo de verdad, no esos
cubitos con los que engañan a las señoras ¡qué va a ser pollo! si lo
sabremos las pastas. Nadé a mis anchas en el sabroso caldo, era una
olla tan grande...-¡qué rica sopa mamá! - exclamaron los niños - ¡está
muy buena! - dijeron los adultos. Pero, no sé por qué razón, algunos
invitados no llegaron y no me acabé. Sobró mucha sopa y tuve que ir a
ese horrible y frío lugar que llaman "refri". Pensé que era mi fin, que
terminaría mis días siendo una vergonzosa sobra en el plato del perro,
o peor aún ¡en la basura!. Pero mi ama tenía otros planes para mí, ella
conocía muchos secretos y sabía que se puede obtener una magnífica base
de salsa con pasta cocida, así, me transformó en la más deliciosa salsa
con champignones que ustedes hayan probado nunca. me bañó sobre bolitas
de carne de cerdo, esa noche de sábado....¡fui un gran éxito!
Convertida ahora en un alimento tan sofisticado, yo me sentía
diferente, pero aún temía que el sobrante de mi nuevo cuerpo fuera a la
basura, esta aterciopelada y condimentada salsa que yo era ahora, iría
con sus sobras al bote.
Pero mi ama tenía otros planes para mí, después de otra horrilbe noche
casi muerta de frío, mi ama me mezcló sobre el fuego con arroz,
convirtiéndome de manera directa e ingeniosa, en la base de la sopa
seca de arroz, le dí al ordinario arroz blanco un sabor y consistencia
increíbles.
Ya muy debilitada mi calidad de pasta, pasé mi tercera noche en la
nieve, hasta empezaba a acostumbrarme, unida a los granos de arroz, no
sentía tanto frío, y francamente, ya no me importaba lo que viniera,
sabía que el fin se acercaba.
A la mañana siguiente muy temprano, mi ama tomó lo que aún quedaba de
mí y del arroz y nos revolvió con pan y leche, metamorfoseándonos en lo
que ella llamó budín de arroz.
Ya no queda nada de mi y ahora he subido al cielo de las pastas. llegué
en medio de gran admiración, todas me miraban con asombro, las
plumillas, los espaguetis, las semillas de melón, hasta la distinguida
lasaña me veía con cierta envidia. Todo de mí se aprovechó hasta el
final, ¡qué feliz soy!
FIN
“Sé como un árbol, crece fuerte y recto.
Estira tus ramas para alcanzar las estrellas.
Brinda a todos tu sombra, y deja
que tus frutos sean buenos y abundantes.”
Lourdes Urrea
El soldado que le pedía peras al olmo
(Fábula)
Esta es la historia de un soldado que le pedía peras a un olmo. Su madre, cada mañana le decía: “Hijo mío, un olmo no puede dar peras; no le pidas peras al olmo”. A pesar de ello, con disciplina militarizada, año tras año el soldado esperaba que al reverdecer el olmo diera la preciada fruta, pero el olmo desnudaba sus ramas y las volvía a vestir con hermosas hojas verdes como banderas, mas sin una sola pera. El soldado, con amor y paciencia infinitos, se sentaba junto al árbol y recargado sobre el tronco soñaba que su olmo le daba miles de perfectas y jugosas peras. A veces, compraba en el mercado la mejor pera que pudiera pagarse y se la comía junto a su olmo. Como esas cosas que pasan y que parecen mágicas, una de las semillas de las tantas peras que comió cayó en un resquicio lodoso entre las raíces del olmo. Ahí, abrazada por la tibia tierra la semilla germinó y poco a poco, tan despacio como el planeta se mueve y cambian las estaciones, un pequeño tallito comenzó a abrirse paso y creció y creció abrazado al tronco del olmo. El soldado no se dio cuenta bien a bien de lo que ocurría, había notado que el olmo tenía una rama joven que brotaba de la tierra, pero soldado como era, las cosas de la germinación y el campo no le eran familiares. Pasaron varios veranos, otoños, inviernos y primaveras. La rama se convirtió en un orgulloso peral tan fuerte que el olmo tenía dificultades para respirar. Y ocurrió un día, un glorioso día soleado, cuando el soldado dormitaba bajo el olmo, que un rayo de sol que se colaba entre las ramas le dio sobre la cara y lo hizo abrir los ojos. Como en un sueño, atisbó una forma redonda de un dorado verde pálido entre las hojas del olmo, era la pera más hermosa que jamás hubiera visto. -¡Al fin! - Pensó el soldado – ¡He esperado tanto! -
Trepó hábilmente hasta la rama de la que pendía la pera, la primera en ser cosechada y se la comió contento de ver que su paciencia había dado fruto.
Moraleja: Persevera y sé paciente y verás florecer el fruto de tus sueños.
Colección de Cuentos a Sofía.
Fábulas “El soldado que pedía peras al olmo”
Autor: Lourdes Urrea